Miedos externos y Fobias

Al afrontar los miedos es bueno tener presente la existencia de tres tipos de miedos: los miedos externos, los miedos internos y los miedos subconscientes. Evidentemente, es importante la interrelación entre estos aspectos: situación, consciente y subsconciente, pero identificar esta diferencia entre miedos externos, internos y subconscientes facilita gestionarlos.

Los miedos externos 

De los tres tipos de miedos, los miedos externos son los más fáciles de detectar y gestionar. Me estoy refiriendo a las fobias simples o específicas, donde una fuente externa claramente identificada provoca temor, malestar o ansiedad, en mayor o menor grado. 
Por ejemplo, el miedo a las arañas, a la sangre (hematofobia) o el miedo a las alturas. Una sensación de miedo, ansiedad o malestar es experimentada por la persona cuando se enfrenta a esa situación concreta.

La claustrofobia está considerada también una fobia específica, y la podemos definir como el miedo a los espacios cerrados. Las personas que la padecen suelen evitar los ascensores,  el metro, las habitaciones pequeñas e incluso el uso de técnicas de diagnóstico médico como un escáner o la resonancia magnética. La persona claustrofóbica tiene miedo a las posibles consecuencias negativas de estar en ese lugar, como quedarse encerrada para siempre o a la asfixia por creer que no hay suficiente aire en ese lugar. 

La fuente del miedo, el factor externo desencadenante, es fácil de identificar, y una vez en ese punto se puede fácilmente buscar formas alternativas de hacer frente a esa situación que provoca el miedo, para así lograr superarlo. El problema con las fobias es que se tiende a evitar la situación o a enmascarar (con tranquilizantes por ejemplo), haciendo que el problema se mantenga.

La ansiedad fóbica no se diferencia, ni subjetiva ni psicológicamente, ni por la conducta, de cualquier otra forma de ansiedad, y va desde la sensación de un leve malestar hasta una reacción de terror. La ansiedad se manifiesta a través de síntomas personales, como palpitaciones, sudoración, dolor en el pecho, mareos, desvanecimientos; a menudo la persona lo asocia a miedo a morir o a perder el control de si misma y/o volverse loca. Solo pensar en la situación, ya se genera ansiedad (ansiedad anticipatoria).

Hemos de tener presente que en una fobia el miedo es desproporcionado, no existe una amenaza real. Muchos de los temores externos son a menudo causados por experiencias negativas, por no saber gestionar bien esas mismas fuentes externas de miedo en el pasado. La idea es modificar las asociaciones negativas existentes entre ese factor externo que provoca miedo y la emoción que genera, para así poder establecer otro tipo asociación más adaptativa.

Existen otro tipo de fobias, las complejas (no específicas) en las que además del factor externo entran en juego componentes internos: la fobia social, la agorafobia...

La fobia social, suele iniciarse en la adolescencia, consiste en el  miedo a ser observados y juzgados por los demás, apareciendo reacciones de evitación intensa frente a ciertas situaciones sociales. Puede consistir, por ejemplo, en no hablar en público, no asistir a eventos o fiestas, no relacionarse con personas del otro sexo... La fobia social se relaciona con un nivel bajo de autoestima, miedo a la critica y al ridículo. La evitación puede conducir a un autentico aislamiento social.

La agorafobia  consiste en el miedo a los espacios abiertos y es extensible a la angustia de las grandes aglomeraciones de gente, o al miedo a no poder salir o huir de una situación dada, hacia un lugar seguro, que habitualmente se trata de su propia casa. Por ello se hace referencia a un grupo de fobias: el miedo a alejarse del domicilio propio, a los lugares públicos, a las multitudes, a los viajes en tren, metro y/o autobús. La intensidad de la conducta de evitación y de la ansiedad es variable, pero como puede adivinarse, este tipo de fobia es la más incapacitante de todas y no es infrecuente que algunas personas no quieran salir de casa y opongan una fuerte resistencia. Tienen mucho miedo a presentar un colapso o un desmayo (ataque de pánico), y quedarse en circunstancias de desamparo.

TRATAMIENTO    

Las terapias enfocadas en el cambio de pensamientos y actitudes (reestructuración cognitiva), técnicas de gestión de la ansiedad, dirigidas al control de la actividad fisiológica, y las técnicas de exposición simbólica y/o en vivo dan
muy buenos resultados en el tratamiento de las fobias. De esta forma una terapia que combine esos tres aspectos será la más efectiva. 

La reestructuración cognitiva permitirá abordar uno de los componentes de las fobias: las creencias irracionales (pensamientos, imágenes, expectativas), ya sea en el sentido de que el estímulo es peligroso o de que no seremos capaces de soportar la ansiedad o aversión que produce. 

Las técnicas de gestión de la ansiedad incidirán en el control de la activación del sistema nervioso simpático que da lugar a temblores, sudoración, taquicardia... La respiración profunda, la técnica de relajación muscular progresiva de Jacobson, la visualización, etc. son solo alguna de ellas. La tensión aplicada se usa inicialmente en el tratamiento de las fobias a la sangre e inyecciones; las personas son expuestas a esos estímulos de manera gradual mientras se les enseña a tensar sus músculos para aumentar su presión arterial, previniendo de este modo el desvanecimiento en presencia de sangre o inyecciones

Las técnicas de exposición, ya sea en vivo o de forma simbólica, permiten que la persona comience de forma gradual un proceso de habituación a esas sensaciones de malestar que se generan ante la presencia del estímulo ansiógeno, hasta que desaparecen. Se incluye aquí la exposición interoceptiva, asociada al miedo a las sensaciones internas típica de la reacción fóbica.


Si quieres información sobre cómo funciona y en qué consiste este tipo de terapia no dudes en contactar a psicologa.monicatimon@gmail.com

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