El poder de la autoempatía

Seguro que has oído hablar de la empatía, el proceso por el cual somos capaces de ponernos en el punto de vista de la otra persona. 
Pero, ¿y la autoempatía?
Todo el mundo tiene algo de sí mismo que no le gusta, algo que quizá nos avergüenza o bien hace que nos sintamos inseguros o no "lo suficientemente buenos”. La condición humana es imperfecta, y sentimientos de fracaso e inadecuación son parte de la experiencia de vivir. El problema es qué nos decimos, qué diálogo interno tenemos con nosotros mismos respecto a ese aspecto que nos hace sentir inadecuados, qué tipo de lenguaje utilizamos. Trata de pensar en un tema que tienda a hacer que te sientas inadecuado o mal contigo mismo (físico, de personalidad, de trabajo o de relación) y observa qué lenguaje utilizas, qué te dices. Muchas veces nos fustigamos, en lugar de una autocrítica constructiva nos hacemos críticas destructivas que “nos hunden en la miseria”; ¿te juzgas de una forma muy dura?
El problema aquí es que es muy difícil hacer análisis objetivos acerca de uno mismo porque están ligados a sentimientos y emociones propias. Generalmente nos juzgamos de una forma más dura a nosotros que a los demás. La autoempatía consiste en vernos a nosotros mismos desde una perspectiva externa, saliendo de nosotros mismos y de nuestra manera negativa de vernos. Por ejemplo, ¿qué le dirías a una persona en esa misma situación?, ¿qué le comentarías acerca de eso de lo que se está “lamentando” o culpabilizando?, ¿qué harías si alguien que te importa viniera a ti después de haber cometido algún error  o no haber sido capaz de algo? ¿Qué le dirías a esa persona?, ¿cómo la tratarías? Seguramente utilizarías un lenguaje más amable y compasivo, ¿verdad?  Pues eso es lo que has de hacer contigo mismo.
Y aquí quiero dejar clara una cosa, la autoempatía no consiste en ser autoindulgente o autocomplaciente con uno mismo. La autoindulgencia no deja avanzar, no nos permite aprender. Utilizar un lenguaje más amable y compasivo no quiere decir que no nos responsabilicemos de un cambio que tengamos que hacer. Por ejemplo, si ese rasgo nuestro que nos genera malestar es la dificultad en ser constante y tener voluntad para ser menos impulsivos, el lenguaje de autocrítica que utilizaremos ante una situación en la que hayamos vuelto “otra vez a hacer lo mismo” (ser impulsivos y “meter la pata”) será diferente si nos situamos en la posición de qué nos diría un/a amigo/a; aunque ese amigo/a no eluda enfrentarnos a la necesidad de un cambio que nos iría bien realizar, el tipo de sentimientos de comprensión y cuidado con los que seguramente investiría sus comentarios facilitarían que nos viéramos de una forma más compasiva. La autocrítica en sí no es mala, tiene una función: nos permite darnos cuenta de nuestros errores, aprender de ellos y “no volver a cometerlos nunca más”. No se trata pues de decir “tranquilo, no pasa nada”, sino de comunicarte y escucharte con comprensión y respeto a ti mismo en lugar de culpabilizarte y lamentarte.

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