Pensamientos, Sentimientos y Acción

En la entrada sobre Razón y Emoción señalamos la interrelación entre emoción y razón. También es importante recordar la diferencia entre emoción y sentimiento.
Cuando tomamos conciencia de las sensaciones (cambios) de nuestro cuerpo al recibir un estímulo (recibimos la noticia de que nos ha tocado la lotería; nos enteramos de que no hemos pasado la selección de personal de una oferta de trabajo,…), podemos hablar de sentimiento. Es decir, en el momento en que notamos que nuestro organismo sufre una alteración (un nudo en el estómago,…) y somos conscientes de ello, etiquetamos lo que estamos sintiendo (la emoción) con un nombre específico. En el primer ejemplo anterior tendríamos un sentimiento de sorpresa, placer, alegría, satisfacción, mientras en el segundo caso lo tendríamos de tristeza, decepción…
Lo importante es que los sentimientos pueden persistir en ausencia de estímulos externos, cuando son generados y mantenidos por nosotros mismos. Veamos como un mecanismo importante a tener en cuenta para la gestión de las emociones es el siguiente: sentimientos y pensamientos se retroalimentan. Si yo pienso que la botella está medio vacía, mi  sentimiento será muy diferente a si pienso que la botella está medio llena; si nos acordamos de un ser querido que ha fallecido, a raíz de ese pensamiento sentiremos tristeza, activando el recuerdo de esa persona ese sentimiento.
En otras ocasiones las emociones activan nuestros pensamientos, de modo que si mi sentimiento es de malestar, mis pensamientos serán de cariz negativo. Antonio Damasio Alonso señala así: el estado emocional determina un estilo cognitivo, que caracteriza la actuación de una persona inmersa en aquella emoción. Por ejemplo, cuando experimentamos miedo, nuestro estilo cognitivo cambia de acuerdo con esta emoción y ello hace que estemos atentos a determinada información mientras ignoramos otros aspectos que también están presentes.
Podríamos pensar un esquema como el siguiente:

El pensamiento influye en cómo nos sentimos, conllevando determinado comportamiento.
Por otra parte, la acción influye en cómo nos sentimos, y el sentimiento en nuestros pensamientos.
No quiero entretenerme con esto, lo relevante es que pensamos que los sentimientos no son controlables; sin embargo,  tenemos dos vías para influir en aquellos sentimientos que nos generan malestar:
1.  Los pensamientos, o cómo construimos la situación; si mi hijo o hija llega tarde sin avisarme  y pienso que he tenido un accidente mi sentimiento será muy diferente a si pienso que se ha podido despistar con sus amigos y además se ha quedado sin batería. 
2.  La acción. Lo que hacemos influye en cómo nos sentimos, que a su vez influye en nuestros pensamientos. De ahí que una de las estrategias para abordar la ansiedad sea la realización de ejercicio físico, yoga, ejercicios de relajación, etc.
La importancia de combatir los pensamientos negativos ya lo hemos abordado anteriormente, así que en las próximas entradas me voy a centrar en otros aspectos de la competencia emocional.

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